Wiki Amnesia: The Dark Descent
Advertisement
Ss (2014-04-10 at 03.04

Con la Bendición del Rey es la tercera historia corta de Recuerdos - Amnesia The Dark Descent. Fue escrita por Mikael Hedberg e incluye ilustraciones de Rasmus Gunnarsson y Jonas Steinick. Toma lugar tras el asedio de Calais, una pequeña parte de la región de lo que ahora es Francia del norte, en el año 1558, durante el asedio Frances de Calais. La historia sigue a Johann Weyer cuando recupera uno de Los Orbes de una tumba antigua.

Argumento[]

Johann Weyer es un cansado viajero quien intenta localizar una antigua casa-iglesia en la ciudad Hauts-de-France de Calais, que era mantenido por el Imperio Inglés durante el asedio de 1558 del Reino Francés como parte de la gran Guerra Habsburg-Valois. Weyer es interceptado por un inmoral capitán francés y sus dos soldados, quienes le guían hasta la iglesia.

Dentro, Weyer descubre la tumba antigua y quita de la pared de la tumba un símbolo con forma de estrella construido de esteatita. Los soldados quitan un pesado bloque de piedra el cual bloquea un pasadizo hacia la tumba, pero la losa de piedra se cae rompiéndole el hombro a Sokal, uno de los soldados. Él se queda cuando el capitán y el otro guardia, junto con Weyer recuperan uno de los Orbes de la tumba. Cuando regresan, La Sombra emerge y asesina al capitán y al otro guardia. Weyer y Sokal logran escapar del área, con este último trayéndose consigo el símbolo con forma de estrella.

Con la Bendición del Rey - Historia Completa en Español[]

Fue en el año de nuestro Señor de 1558 cuando Johann Weyer ingresó en la ciudad liberada de Calais muy al norte de Francia. Muchos hombres con variados conocimientos esotéricos comentaban que Weyer fue el responsable de la ocupación exitosa, pero poca evidencia había sido presentada para apoyar tan fuertes comentarios. Para todos los que sabían de su presencia durante este importante periodo en la historia de Calais no era nada más que circunstancial. Lo que se sabía sin duda es que la ciudad había sido reconquistada por Francia, y que la Reina Mary de Inglaterra podía llorar la pérdida de Calais hasta su muerte más tarde ese año.

Era temprano por la mañana y el sol inundaba la ciudad con una luz brillante naranja. El caballo de Weyer trotó sobre los lodosos adoquines de piedra de las calles. Era evidente que la ciudad había estado en batalla, no debido a las ruinosas casas o los harapientos estandartes colgando de las paredes de la ciudad, era algo en el aire. Como si toda la tensión de la vida en la ciudad hubiese sido alejada por una tormenta y dejado tras de sí un gran vacío.

Weyer se detuvo y se quitó la capucha, revelando su rostro rugoso. Él lucía cansado como siempre. Algo a lo que no podía escapar. No tenía nada que ver con su físico, pero sí con las cosas que él estudiaba. Llevaba una imponente cantidad de verdades sobre sus hombros y deseaba poder dejarla, tan solo por un momento.

Él miró su mapa y volteo la vista al cielo. Miro la torre en Place d’Armes rose sobre el distrito comercial al este y la gran catedral que los ingleses habían construido delante. Estaba cerca de acuerdo a sus fuentes.

“Salut!”

Tres soldados franceses a caballo, más abajo por la calle, demandaron su atención. El corto saludo fue amigable en sí – fue la manera en que fue dicho que lo preocupó. Esperó a que los hombres se acercarán.

“Saludos.” dijo él en alemán.

Los tres hombres parecen haber sido tomados por sorpresa por la elección del lenguaje y rieron de satisfacción. Weyer se dio cuenta de que uno de los hombres uniformados iba ligeramente más condecorado que los otros. Rápidamente se dio cuenta de que aparentemente era el líder de la patrulla.

“¿Estás perdido, Inlander?” preguntó el capitán.
“Así parece – pero no de la manera en la que crees.”
“¡Esto es tierra ocupada!” gritó, no complacido con la enigmática respuesta.

Weyer trató de considerar la situación. No quería arriesgarse a involucrar a más personas inocentes, pero parece que tendría que ceder un poco. Él alcanzó su mochila. Los soldados rápidamente desenvainaron sus espadas. Weyer mostró un pergamino y lo desplegó.

“Tengo derecho a estar aquí”, proclamó.

El capitán permaneció escéptico, pero guio su caballo hacia delante y tomó la carta. La leyó cuidadosamente, sin perderse de nada lo cual pudiera darle ventaja. Cuando terminó la carta se quedó sin ventajas. La insignia de Henri II, su rey, podía verse.

“Où est-ce que vous l'avez cherché?” murmuró frustrado. “Quiero decir, ¿Has buscado por el alrededor la iglesia que la carta menciona?”
“Acabo de llegar, aún no…”
“Bien sûr,” el capitán interrumpió, “nos aseguraremos de que la encuentres”.
“Gracias, no es necesario. Si pudieras dejarme…”

El capitán miró directamente a los ojos de Weyer.

“Nos aseguraremos de que la encuentres”.

La iglesia parecía antigua, mucho más antigua y pequeña que los gigantescos espectáculos que los ingleses habían erigido. Weyer estimó que era del siglo XII, pero que había sido reparada ampliamente a lo largo de cientos de años. Una pesada puerta de madera de roble inalterada por la violencia la cual había plagado la ciudad. Weyer tiró de la manija, pero descubrió que estaba bloqueada. El capitán empujó a Weyer a un lado y golpeó la puerta gritando en un francés indescriptible. Él puso su oído en la puerta y escuchó.

“L’Anglais,” dijo silenciosamente a sus hombres y se movieron alrededor de la iglesia. Weyer mantuvo su distancia, no sabiendo qué esperar.

Repentinamente los soldados franceses irrumpieron por una puerta lateral y corrieron dentro. Hubo muchos gritos. Weyer no los comprendía, escucho al capitán demandar la rendición y un par de voces suplicaban piedad. Alcanzó la puerta y miró dentro. Dos hombres se encontraban suplicando sentados sobre sus rodillas. Uno de ellos era un cura y el otro un soldado inglés. El capitán ordenó a sus hombres que busquen a otros.

“No hay nadie más”, lloraba el cura. El soldado mantuvo los ojos en su espada a unos pasos de distancia. Weyer ingresó en la iglesia y miró alrededor. Los hombres del capitán parecían contentos – no había nadie más dentro de la iglesia.
“¿Ellos tienen alguna utilidad?” preguntó el capitán.
“No. Puede que sea mejor si ellos no estuvieran aquí”.
“Vrais.”

El capitán rápidamente desenvainó su espada hacia el soldado de rodillas frente a él. Empujo la espada a través de los hombros todo el camino hasta la parte baja del abdomen. El soldado miró conmocionado y confundido. Cuando el capitán sacó la espada de un tirón, el inglés colapsó en el suelo. Weyer contuvo su respiración al ver morir al hombre. No importaba cuantas cosas extrañas hubiese presenciado Weyer, nunca encontraría nada tan horrendo como los actos de un hombre común. La crueldad espontánea y la indiferencia cuando hacían decisiones que alteraban la vida de otros era incomprensible para él.

“¡No me mates, por favor!” lloraba el cura.

Weyer sabía lo que haría capitán – así que hizo lo que muchos otros hacían cuando se enfrentaban a la crueldad – cerró sus ojos y se alejó.

La cripta era inusualmente grande para una iglesia tan pequeña, pero Weyer no estaba para nada sorprendido. Él estudió el espacio cuidadosamente. Las estatuas de las paredes habían sido removidas completamente. La pieza central del zodiaco, probablemente un toro, había sido reemplazada por una simple tumba alineada a la altura de la cintura con la longitud del cuarto. El techo era simple, pero revocado, escondiendo de manera efectiva toda evidencia de los verdaderos propósitos de la habitación. No importaba, mientras la cámara del orbe estuviera intacta. La losa de piedra sobresaliente de la pared le daba indicios de que así era.

El capitán y sus hombres descendieron por las escaleras.

“¿Vas a decirnos lo que estamos haciendo aquí?”

Weyer intentó pensar algo astuto y les habló sobre la tumba.

“Este es… fue un hombre muy importante”.

Él quitó la tierra con sus guantes así podrían ver el nombre del hombre.

“¿Peregrinaje? ¿Esa es tu historia, Inlander?” El capitán se acercó más. “¿Esperaste unos cuantos años con la esperanza de que esta ciudad cayera en manos francesas así podrías usar tus conexiones con el rey para conseguir permiso de visitar una tumba?”
“Él fue muy important…” El capitán agarró a Weyer por el cuello y lo empujó hacia la tumba.
“Mira, Inlander, mejor que comiences a hablar. ¿Crees que me importa si robó algo de la iglesia? Demonios, ¡Mate a un cura!”
“¿Qué… qué quieres?” jadeo Weyer.
“Quiero mi parte”.

Weyer miraba hacia los feroces ojos del capitán y vio que no había nada valioso que salvar. Entonces miró a los otros dos soldados e intentó sopesar su valor. ¿Moriré si no hago nada? Pensó. ¿Puedo salvar de alguna manera a los otros dos?

“Está bien, pero tendrás que ayudarme”.

El capitán liberó a Weyer de su agarré y rió.

“Avec plaisir!”

Sokal intentó tragar, pero sus nervios hicieron que se le secará la boca y se le entumeció la lengua. Él no podía comprender el lenguaje que el capitán y el extraño, Johann Weyer, hablaban. Los dos parecían haber llegado a un acuerdo y el extraño hizo un gesto hacia la losa de piedra en el centro de la pared más lejana. Sokal siguió en silencio la orden. La pared de piedra parecía lo suficientemente ordinaria, pensó, y golpeó gentilmente con sus dedos la superficie. ¿Qué se supone que era lo que encontremos?

El extraño se acercó y comenzó a hablar. Estudió las esquinas de la piedra. Un vago borde decorado con piedras semipreciosas, ajustado a la pared, enmarcaba la enorme losa de piedra. El extraño trazó los bordes hasta que pasó sobre una extraña piedra con forma de estrella. Tomó las esquinas con sus uñas, pero no le sirvió.

“Ayúdalo, idiota”, dijo el capitán a Sokal.

Él permaneció en la oscuridad. Todo lo que Sokal sabía era que ellos estaban profanando tierra santa. No podía ayudarle, el capitán no aceptaría que le respondieran. Estamos en guerra, en nombre Dios, él tendría que cargar con la traición – a menos que lo matará en ese instante.

Sokal se sentó en el suelo para conseguir una mejor vista de la piedra en forma de estrella, desenfundó un cuchillo, y comenzó a picar las esquinas. Tras unos momentos comenzó a aflojarse, cayéndose de su lugar hacia su mano.

El extraño le agradeció y lo empujó a un lado. Sokal estudió la peculiar piedra en su mano. Sintió un tremendo vínculo con la historia, se imaginó a sí mismo de pie en el mismo lugar, miles de años atrás, sin rastros de civilización.

El extraño imitó un movimiento de levantamiento y apuntó a la piedra.

“Si'l vous plait,” se reunió con el extraño.

Los soldados franceses se miraron unos a otros y rieron. Ellos posiblemente no podrían levantar la piedra por sí mismos.

“Non, non, de rien,” dijo y continuó hablando en alemán al capitán mientras gesticulaba hacia el hoyo que había sido cubierto. El capitán asintió hacia los soldados.

Sokal y su compatriota levantaron la piedra sin esfuerzo. Se movió con la misma facilidad como si levantarán uno de los lados de una balanza uniformemente equilibrada. Sonrieron triunfantemente y miraron atrás al capitán complacido. El extraño miró aún lleno de dudas y sacó algo de su bata.

Un chillido metálico vino desde dentro de las paredes. El extraño llamó a los soldados cuando las cadenas que mantenían el contrapeso se rompieron produciendo un sonoro agrietamiento. La losa de piedra se había roto, golpeando a Sokal en el hombro. Él cayó al suelo, casi desmayándose por el dolor.

“No puedo mover mi brazo”, gritó Sokal
“Apártate, niño” lo menospreció el capitán.

“Mira, lo está asegurando justo ahora”, continuó.

La losa de piedra se había detenido a media caída. El extraño había puesto una cuña metálica entre la pared y la piedra mientras caía. Él sacó otra cuña de su bata y aseguró la otra pared también.

Sokal se inclinó al lado de la tumba. Su cuerpo roto le dolía, pero descansar ayudó un poco. Vio al capitán, al extraño y su compatriota ingresar por la apertura. A Sokal se lo dejó con un farol y él hizo su mejor esfuerzo para ver lo que ellos veían. Siguió las antorchas mientras los hombres se aventuraban más adentro en la densa oscuridad.

Un leve destello apareció. Sokal estaba emocionado, qué era lo que perdieron aquí. Podía escuchar sus voces distantes.

“Une sphère? Magnifique!”

La luz azul era hermosa. Sokal quería ver desesperadamente lo que podría ser la fuente de tal maravilla.

“¿Qué es eso? ¡¿Qué están haciendo?!” él llamó.

No hubo respuestas a su pregunta. Podía escuchar a todos hablando emocionados. Excepto al extraño. ¿Por qué no estaba feliz?

Sokal se sentía intranquilo y luchó por ponerse de pie. Cojeó hasta la apertura y se dió cuenta de la piedra con forma de estrella en el suelo. La alcanzó y la agarró. Ahí fue cuando se dio cuenta de que todo se había vuelto silencioso.

“¡Hey, chicos!” Grito.

El cuarto se inundó de una luz azul y de un sonido de torrente. Sokal vio al capitán sostener un orbe en sus manos, cuya luz palpitaba violentamente. Todos estaban sonriendo, excepto el extraño. El extraño permaneció a un lado haciendo extraños signos con sus manos.

“¿Brujería?”

El orbe forzó una tempestad de luces y sonidos dentro de la cámara. Las luces eran de un intenso borgoña y sonaba como el lamento de un dios olvidado.

Todos gritaron en un canto encolerizado. Las luces tomaron la forma de una masa hinchada y pulsante la cual hurgaba entre sus carnes. Weyer, el extraño, le quitó el orbe de las manos del capitán y se marchó hacia la entrada.

Las lágrimas de Sokal corrían por sus mejillas, no podía controlarse. Temía ver a sus amigos desaparecer en la temible abominación. Weyer llegó hasta la cripta y quitó la primera cuña. La segunda parecía imposible de mover. Estaba fijado a la arquitectura y no lo quitaría simplemente. La cosa dentro crecía y presionaba hacia la entrada.

Weyer gritó de frustración al no poder liberar la cuña. Sokal desenvaino su espada y empujo a Weyer al suelo. Él balanceo la espada alrededor y destrabo la última cuña de un descomunal golpe. La cuña se rompió y la losa de piedra golpeó el suelo – sellando la cámara.

Sokal sintió sus rodillas exhaustas. Miró a Weyer, rogando con lágrimas empapando sus ojos. ¿Por qué tuviste que mostrarnos esto?

“Lo siento. Je suis désolé,” dijo Weyer.

Sokal lloraba, aun sosteniendo la espada con su buena mano. Weyer tomó el legendario orbe junto a la piedra con forma de estrella, y caminó fuera hacia la ciudad recuperada de Calais.

Advertisement